domingo, 21 de septiembre de 2014

Leyendas de Guatemala

Los atoleros de la parroquia



Esta historia sucedió allá por el año de 1,915, antes de los terremotos del 17. Casi principiaba el siglo y la vida cotidiana se desarrollaba corrientemente en la ciudad de Guatemala. Muy cerca de la iglesia de la Parroquia se improvisaba un pequeño mercado donde la atracción lo constituían las ventas de atol en sus diferentes sabores. Don Herculiano y doña Mina, eran los propietarios de uno de estos negocios que, a base de calidad, luchaban diariamente por vender su producto.

 ¡Pasen pasen, que tenemos atolillo, atol de tres cocimientos, arroz en leche y, para los que empinaron el codo anoche más de la cuenta, hay atol blanco con su respectivo chile, frijolitos y pepitoria molida! Doña Mina, que con un blanco limpiador le sacaba brillo a los vasos y secaba las escudillas de barro, frenó en sus gritos a don Herculano.  ¡Callate vos Herculano, ya la gente sabe y sin necesidad de estarte desgalillando nos compran! a lo que airoso respondió don Herculano: Vos siempre metiéndote de shute en lo que uno hace, no ves que la competencia está juerte y si nos descuidamos la nía Vicenta nos quita la clientela, mejor atendé a la gente y dejá de estar regañando.
Los vecinos se reunían en los distintos puestos degustando las bebidas calientes. A lo lejos, doña Mina divisó la figura inconfundible de don Chepe, que se abría paso entre los compradores tratando de llegar al puesto.
 ¿De qué le damos su atol, chulito? preguntó la mujer a don Chepe. Me extraña doña Mina, ya sabe usté qué lo quiero, con chile y toda la cosa porque me estoy muriendo muriéndose de la goma anda usté, don Chepe, pero no quita maña, no quita maña. Pero aquí viene su escudilla de atol blanco con suficiente chile para que sude y salga la gomarabia y quede como nuevo.
Don Herculano se acercó a su esposa y le dijo al oído que no se tomara esas confianzas con el hombre porque se podía enojar y era buen cliente. Don Chepe se tomó su escudilla y se apartó del grupo sentándose en una banca cercana al pequeño negocio. Don Chepe no fallaba los lunes y era buen cliente; a veces hasta tres o cuatro amigos llevaba.

 ¡Hay tiras y revolcado! ¡Patitas a la vinagreta para llevar o comer aquí! Don Herculano continuaba publicitando sus productos a voz en cuello. Las viandas pasaban de un lado para otros abriendo el apetito a los parroquianos que iban llegando por grupos. De un comal caliente iban saliendo las tortillas humeantes que complementaban los pequeños platos. Uno De los hombres allí reunidos temblaba al tomar el atol blanco, por momentos se pensaba que botaría la escudilla con el hirviente alimento, pero por supuesto que la tembladera no era precisamente por la emoción de haber conseguido su escudilla con atol blanco.
—Yo no sé cómo aguanta don Chepe, pero en una de estas, Dios no lo quiera, nos puede dar un susto, ya que le entra al guaro con fe y alegría.

Callate hombre, por favor. Mirá que te puede oir.
—Si solo es un comentario, no estoy hablando mal de él y, por el contrario, le deseyo todo el bien del mundo, mujer…
Doña Mina continuaba atendiendo a la clientela y hablando en voz baja con su marido.

Ay, pero no sé porqué los hombres no hacen caso. Ya ves las malmatadas que le da la mujer y ni así hace caso el pobre de don Chepe.
—Es muy su vida, mujer, es muy su vida. Y él sabe lo que hace porque ya está grandecito y comprende el bien y el mal.
—Menos mal que se fue a tomar su atol hasta allá, por un momento pensé que te había oído. Pero cállate que allí viene a cancelar la cuenta.

El hombre, ya con otra cara, llegaba hasta el punto donde doña mina atendía a su clientela. La mujer, muy zalamera y con un cantadito muy suyo, preguntó a don Chepe:
— ¿Algo más don Chepe…?
—Gracias, aquí le pago y nos vemos otro día.
—Bueno, a portarse bien que nada le cuesta y a chambiar que es lo mejor.
—Yo me porto bien, doña Mina, la que arruina el asunto es la Julia, mi mujer. Con ese carácter que tiene; ya no la aguanto, es más celosa que los celos y me da muy mala vida. Pero tengo un plan que no me fallará y de repente me voy a suicidar.
De los ojos de don Chepe salieron dos lagrimones que secó de inmediato con su pañuelo. Don Chepe se quedó platicando con doña Mina, en lo que don Herculano despachaba le contó su vida que era un secreto a voces y sus proyectos un tanto fúnebres. Al ver la atención que le ponía la mujer, don Chepe siguió lamentándose.

 ¡Ay, si viera cuando me pega parece hombre la condenada, da unas trompadas que como duelen!
—Rialmente con lo que me cuenta es usté un hombre sufrido don Chepe. Ya se parece al Herculano que es a mí a la que me da si le ando con cuentos, pero siga contando don Chepe, que su plática está muy emocionante…
—Pues estoy a punto de matarme, doña Mina, creo que sólo así se termina todo, porque la vez pasada me fui con una tía, ¿y qué cree?
— ¿Qué pasó?
—Pues que me fue a traer a puros cachimbazos y aquí me tiene de nuevo sufriendo a solas.
—Pobrecito, pero piense bien en lo que va a hacer, porque nadie tiene derecho a quitarse la vida sólo porque la mujer lo trata mal… En fin, es lo que le puedo aconsejar y también piense en sus hijos porque ellos no tienen la culpa de lo que pasa.
Doña Mina aconsejaba maternalmente al hombre, que gemía al narrar su vida tormentosa. Pero cuando le mencionó el tema de los hijos, don Chepe reaccionó rápidamente.
—Pues por los hijos no hay problema, doña Mina, yo no tengo hijos con ella y los patojos son mis entenados. Bueno, me voy, no vaya a ser la mala suerte que se asome por aquí y entonces si que se arma la de San Quintin. Hay nos vemos, muchas gracias por todo.

Don Chepe se perdió entre la gente que a esa hora abarrotaba el pequeño mercado al aire libre. Ya cuando don Herculano calculó que iba lejos preguntó:
— ¿Qué tanto hablabas con don Chepe vos Mina?
—Pues dice el hombre que se va a matar, ¿aguantás vos?
—Es que la mujer es una tigra, quien ve al pedacito de gente, pero allí está la cáscara con que se cura el jiote.
Doña Mina, sin dejar de atender a la gente, respondía:
—Pero así quieren los hombres, ya ves allí está contento don Chepe, llevando penca por desayuno, almuerzo y comida.

El machismo de don Herculano le salió en ese momento al responderle a su mujer que por lo menos él no soportaría a una mujer en esas condiciones. La charla subió de tono cuando doña Mina indicó que en su caso la que llevaba la peor parte era ella con don Herculano.
—Hoy si me sacaste franco, vos Mina, quien te oye dirá que soy un ogro o un preipotente.
— ¡Puchis vos, donde te aprendiste esa palabrita porque nunca te la había oído!

Don Herculano, un tanto serio, manifestó que mejor cambiaran de plática y que siguieran trabajando. Hubo un silencio prolongado que fue roto por el saludo mañanero de Chano, el entenado de don Chepe. De inmediato le sirvieron su vaso de arroz en leche y dos tortillas con tiras. Chano era mero platicador y había tomado mucha confianza con don Herculano.
—pues don Chepe nos tiene muy preocupados, porque ahora ha regado la bola que se quiere suicidar, hágame el favor.
— ¿Y qué está pasando con don Chepe vos?
—Pues dicen que entre hermanos y casados no hay que meter las manos, pero resulta y le repito que don Chepe se quiere matar.
— ¿Y qué dice tu mamá?
—Ella no lo cree, desde la vez pasada que dizque se tiró bajo las ruedas de un tranvía en el centro, solo que el tranvía estaba parado. Lo que pasa don Herculano, es que don Chepe es mero mañoso y por eso le cae con mi mamá.
—Pero tengan cuidado, porque de repente comete alguna locura y entonces si que la amolaron.
Ahora fue doña Mina la que terció en la charla.

Ay vos en lo que estás Herculano, don Chepe no cumple lo que dice, hombre.
—Atenete al santo y no le recés, ya el pobre de con Chepe está mero desesperado y, como te repito, puede cometer una lucura.
Doña Mina ya un tanto enojada por la postura de su esposo ante el comentario dijo: —Esas son puras caulas, el que quiere matarse no lo anda contando.
— La realidá mujer, es que el pobre don Chepe saber en qué penas anda el pobre hombre.
—Pues él la pena que tiene es la de andar chupando y por eso son los líos con mi mamá, pero ella ya conocía que le gustaba el guaro y ahora tiene que aguantarse, es lo que le decimos nosotros.

Chano había hablado, defendiendo a su madre en el comentario del trío que continuaba conversando.
Mientras, Chano pedía otro vaso de arroz en leche, indicando que ahora había salido de primera, la mujer sacó un vaso limpio y agregó:
—Bueno, aquí todo es de primera, por eso es que tenemos bonita clientela y la atención y el aseyo es superior. A ver que pasa vos Chano, porque es mejor que todo se arregle por las buenas y sin clavos...

Pero Chano aún incrédulo, comentó que en una ocasión, hacia apenas unas noches, le vio sacando su ropa a don Chepe, indicando que eso no lo había comentado con su mamá, pero cuando le preguntó a don Chepe el motivo de sacar su ropa de noche, éste le dijo que era porque su hermana la iba a remendar. Finalmente el muchacho se despidió de don Herculano y su esposa, pagando la pequeña cuenta de lo consumido. Los días pasaron, una mañana en todo el vecindario de lo que fue antiguamente el Guarda del Golfo, hoy barrio de la zona 6, se regó el rumor de que don Chepe se había lanzado desde lo alto del puente de “Las Vacas” y algunas personas habían escuchado aquel grito aterrador cuando el hombre caía al vació. Fue tal el impacto de la noticia que la policía y los ronderos de la época iniciaron la búsqueda en el barranco para dar con los restos del supuesto suicida.
Ya cuando llevaban tres días de agotadora faena, estaban a punto de abandonar la búsqueda, pero algunos vecinos insistían en que había que continuarla.

A la mañana siguiente que la policía continuaba con los trabajos de la localización del cadáver, alguien gritó desde lo alto del puente:
— ¡Miren, allá abajo hay un hombre trabado entre la maleza!

De inmediato todos bajaron, curiosos, vecinos, policía y hasta los entenados de don Chepe en aquel terreno accidentado y peligroso. La única que no se atrevió a bajar fue la esposa de don Chepe, que lloraba a moco tendido, asistida por unas vecinas que la levantaban a cada momento que gritaba y se desmayaba. Todos bajaban sudorosos y jadeantes por el esfuerzo realizado. Efectivamente allí entre los arbustos, boca abajo, estaba el cuerpo de un hombre con sus saco gris, pantalón negro y los zapatos del mismo color; la cabeza estaba metida entre la maleza.

— ¡Es don Chepe! —gritó Chano, al momento que le identificaba por las ropas que llevaba. Ya estaban muy cerca del cuerpo, pero aún así los policías hacían esfuerzos sobrehumanos por llegar al punto donde había caído don Chepe. Jadeantes y frente al supuesto cadáver, fue el jefe de la policía el que ordenó no tocar el cuerpo hasta que no llegara el juez de turno. Pero el policía, como buen sabueso, de un tirón sacó el monigote de la maleza.
— ¿Pero qué es esto? —gritó el policía un tanto enojado.
—Esto es una burla a la autoridad —asentó el otro policía, mientras quitaba el muñeco vestido con las ropas de don Chepe.

El muñeco tenía cosida una carta burdamente en la espalda, la que fue leída de inmediato por el jefe policíaco. Vamos a ver que dice ésta carta, porque aquí hay gato encerrado. la tomó en sus manos y principió a leer en voz alta:
“Disculpen, señores, que haya hecho esto. Todo es un juego y el poder ganar tiempo para huir de las garras de mi mujer. El grito que escucharon fue hecho por mí pero desde el fondo del barranco para que todo fuera más real. La verdad es que me escapé con la Raquel, la patoja de la refresquería. Perdonen pero cuando lean estas líneas ya estaré muy lejos disfrutando de una nueva vida”.

“Atentamente, Chepe”.



Detrás de una historia de espantos





Historias de espantos se escuchan todo el tiempo: le sucedió al papá de un amigo, lo contó el vecino, pasó en el pueblo del abuelo. Son relatos que entretienen muy bien en la sobremesa o en una noche lluviosa sin luz. Pero cuando dos esposos jóvenes tienen que salir huyendo de su casa recién alquilada en Villa Nueva y prefieren callar por miedo a que los tachen de locos, estos cuentos de fantasmas dejan de parecer tan divertidos y se vuelven menos explicables.
Sucedió a finales del año pasado. Ruth Godoy y su esposo, Luis Grajeda, acababan de alquilar una casa en un moderno residencial de Villa Nueva. Era una vivienda ubicada a pocas cuadras de un conocido centro comercial, con habitaciones amplias y un precio razonable. Ruth, una estilista de 24 años, esperaba hacerse de nueva clientela en el condominio; y Luis, un taxista treintañero, podría estar cerca de su esposa y su bebé de un año que empezaba a caminar.


La emoción, sin embargo, les duró poco. Desde que se mudaron a mediados de octubre comenzaron a ocurrir cosas extrañas que fueron subiendo de tono, hasta que los esposos tuvieron que abandonar la casa antes de que terminara el año.

Todo empezó con ruidos en la madrugada, que parecían provenir del primer nivel, recuerda Ruth. Era como si arrastraran las sillas, cerraran una puerta o acomodaran un sofá. Pero su esposo siempre la convenció de que eran los vecinos de al lado.

El primer susto vino pocos días después. Ruth estaba bordando un cuadro en la sala y Alexandra, su hija, estaba junto a ella. La mamá, que la acompañaba durante el día, estaba en la cocina. “Fue cosa de un instante: vi a la nena y al subir otra vez la vista ya no estaba. Le pregunté a mi mamá si estaba con ella y me dijo que no”, relata. Las dos mujeres empezaron a buscar a la niña y, de pronto, la oyeron gritar en el segundo nivel. “Sentí un escalofrío horrible, ¿cómo había llegado hasta ahí la nena si apenas podía subir una grada? Nos quedamos muy asustadas”.




Luis Grajeda nunca ha creído en historias de espantos, y cuando Ruth le contó que a la niña “la habían cambiado de lugar”, le sugirió dejar de ver tanta tele.

Pero Ruth ya no estaba tranquila. Había algo en esa casa, recuerda, que le hacía sentir miedo. Luis llegaba tarde de trabajar, pero ella siempre lo esperaba despierta, porque ya no conciliaba bien el sueño. Y, al parecer, a su empleada le pasaba lo mismo.

La muchacha de 15 años, que dormía en el sofá de la sala familiar, le contó que una noche le jalaron la sábana. “Yo creí que era usted, pero cuando abrí los ojos vi a una mujer despeinada, vestida de blanco, que bajó las gradas como volando. Quise gritar, pero no me salió la voz”, le narró. Ruth la quiso convencer de que estaba soñando, pero no logró persuadirla para que se quedara.

La pequeña Alexandra dormía en una cama ubicada junto a la de sus padres. Una noche, Ruth sintió que jalaron a su hija hasta botarla. Al encender la luz, la halló gritando debajo de la cama, hasta el fondo. La siguiente vez no hubo caídas: la niña empezó a llorar a medianoche. Tenía tres aruñazos en cada mejilla.


A Luis seguían pareciéndole inventos de su esposa, hasta que su suegra y su cuñada lo hicieron quedarse pensativo. Le contaron que, de golpe, se les había cerrado con llave la puerta de la sala, pese a que no había aire, mientras la bebé dormía adentro. Fueron a pedirle a la vecina un cuchillo para abrir la puerta, y ella les contó que en esa casa “espantaban”. Les relató que una noche calurosa, ella y sus dos hijas adolescentes estaban en el parquecito, frente a la casa de los Grajeda, cuando vieron a una mujer de cabellos desaliñados y vestido blanco pasar frente a la ventana, en el segundo nivel, como volando.

Antes de Navidad, los Grajeda, una familia cristiana evangélica, realizaron un convivio familiar en su casa. Estaban todos en la sala cuando a la madre de Luis le sonó el celular. Era una llamada desde el teléfono de Ruth, pero el aparato estaba en la habitación (donde no había nadie), no tenía saldo ni tarjeta y el teclado estaba bloqueado. Todos se pusieron a orar. Los dos meses y medio que vivió allí, Ruth los pasó deprimida. Cuenta que su estado de ánimo empeoró cuando soñó que una figura monstruosa le decía que “era el dueño de esa casa y que no los dejaría en paz”. Cuando despertó, el televisor se encendió solo.


Poco después sucedió lo último. Ruth se despertó sobresaltada a la 1:00 de la mañana, se sentó sobre su cama y vio salir una sombra del baño. Creyó que era Luis, pero la figura, en vez de acostarse, salió de la habitación sin abrir la puerta, y ella apenas tuvo voz para despertar a su marido. “Estoy cansada de vivir aquí. Tenemos que irnos”, le dijo. Y Luis, que había visto lo intranquila que se mantenía su esposa, accedió. La pareja vive ahora en San Miguel Petapa, en una casa donde no pasa nada extraño.


La casa en la que vivieron los Grajeda está ubicada al final de la calle principal del residencial y continúa vacía. Sus dueños, que nunca vivieron allí, residen en Estados Unidos, y la encargada de rentarla cuenta que en la casa solo han vivido dos familias: una que se mudó al cabo de un mes, sin novedades, y los Grajeda. La casera está considerando realizar allí un servicio religioso antes de que llegue un nuevo inquilino.


La llorona



La Llorona, la mujer fantasma que recorre las calles de las ciudades en busca de sus hijos.
Cuenta la leyenda que era una mujer de sociedad, joven y bella, que se caso con un hombre mayor, bueno, responsable y cariñoso, que la consentía como una niña, su único defecto... que no tenia fortuna.
Pero el sabiendo que su joven mujer le gustaba alternar en la sociedad y " escalar alturas ", trabajaba sin descanso para poder satisfacer las necesidades económicas de su esposa, la que sintiéndose consentida despilfarraba todo lo que le daba su marido y exigiéndole cada día mas, para poder estar a la altura de sus amigas, las que dedicaba tiempo a fiestas y constantes paseos.
Marisa López de Figueroa, tuvo varios hijos estos eran educados por la servidumbre mientras que la madre se dedicaba a cosas triviales. Así pasaron varios años, el matrimonio.
Figueroa López, tuvo cuatro hijos y una vida difícil, por la señora de la casa, que repulsaba el hogar y nunca se ocupo de los hijos. Pasaron los años y el marido enfermó gravemente, al poco tiempo murió, llevándose " la llave de la despensa ", la viuda se quedó sin un centavo, y al frente de sus hijos que le pedían que comer. Por un tiempo la señora de Figueroa comenzó a vender sus muebles. Sus alhajas con lo que la fue pasando.
Pocos eran los recursos que ya le quedaban, y al sentirse inútil para trabajar, y sin un centavo para mantener a sus hijos, lo pensó mucho, pero un día los reunió diciéndoles que los iba a llevar de paseo al río de los pirules. Los ishtos saltaban de alegría, ya que era la primera vez que su madre los levaba de paseo al campo. Los subió al carruaje y salió de su casa a las voladas, como si trajera gran prisa por llegar. Llegó al río, que entonces era caudaloso, los bajo del carro, que ella misma guiaba y fue aventando uno a uno a los pequeños, que con las manitas le hacían señas de que se estaban ahogando.
Pero ella, tendenciosa y fría , veía como se los iba llevando la corriente, haciendo gorgoritos el agua, hasta quedarse quieta. A sus hijos se los llevo la corriente, en ese momento ya estarían muertos . Como autómata se retiro de el lugar, tomo el carruaje, salió como "alma que lleva el diablo ", pero los remordimientos la hicieron regresar al lugar del crimen. Era inútil las criaturas habían pasado a mejor vida. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, se tiro ella también al río y pronto se pudieron ver cuatro cadáveres de niños y el de una mujer que flotaban en el río.
Dice la leyenda que a partir de esa fecha, a las doce de la noche, la señora Marisa venia de ultratumba a llorar su desgracia: salía del cementerio (en donde les dieron cristiana sepultura) y cruzaba la ciudad en un carruaje, dando alaridos y gritando ¡ Aaaaay mis hijos ¡ ¡ Donde estarán mis hijos ¡ y así hasta llegar al río de los pirules en donde desaparecía. Todas las personas que la veían pasar a medianoche por las calles se santiguaban con reverencia al escuchar sus gemidos y gritos. Juraban que con la luz de la luna veían su carruaje que conducía una dama de negro que con alaridos buscaba a sus hijos.
Las mujeres cerraban las ventanas, y al trasnochador que venia con copas, hasta la borrachera se le quitaba al ver aquel carro que conducía un espectro, donde iba la llorona, del carruaje salían grandes llamaradas y se escuchaba una largo y triste gemido de una mujer, un esqueleto vestido de negro, el que guiaba el carruaje, jalado por caballos briosos. Un día, cuatro amigos, haciéndose los valientes, quisieron seguir al carruaje que corría a gran velocidad por céntrica calle de Aguascalientes que daba al río pirules.
Ellos la seguían, temblando de miedo, pero dándose valor con las copitas, dio un ultimo grito de tristeza y dolor ¡ Aaaay mis hijos ¡ y desapareció con todo y carruaje.


Segua / siguanaba / siguamonta


Hay varias leyendas de la Segua, siguanaba o siguamota una de ellas cuenta que es una joven muy linda, que persigue a los hombres mujeriegos para castigarlos.

Se aparece de pronto en el camino pidiendo que el 'caballero' la lleve en su a su destino, pues va para algun lugar cercano. Y dicen que ningún hombre se resiste a su ruego.

Pero a medio camino, si va adelante vuelve la cabeza y si va atrás hace que el hombre la vuelva. Entonces aquella hermosa mujer ya no es ella.
Su cara es como la calavera de un caballo, sus ojos echan fuego y enseña unos dientes muy grandes, al mismo tiempo que se sujeta como un fierro a su victima.
Otras leyendas cuentan que son varias. Y no faltan ancianos que aseguren que cuando ellos eran jóvenes atraparon a una. Pero que una vez atrapada y hecha prisionera se les murió de vergüenza. Y que al día siguiente no encontraron el cadáver, sino solamente un montón cáscaras de plátano.


La Leyenda Del Mico Brujo

En todo Centroamérica se conoce la leyenda del “Mico Brujo”. En algunas partes también le dicen la Mona.
Decían nuestros antepasados que había unas mujeres que a las once de la noche se daban tres volantines para atrás y luego tres para adelante; que esta mujeres tenían un guacal blanco y que a la última voltereta vomitaban el alma en el guacal. Ya sin alma, tomaban figura de monos o micos y se dedicaban a hacer “diabluras”.

Y así, estas brujas, acompañadas de la oscuridad de la noche, se trepaban a los árboles y tiraban frutas a la gente. Se subían a los techos de las casas, saltando de un lugar a otro y arrojando pedradas contra las piedras de la calle. Muchas personas han tratado de agarrar y matar a la mona o al mico, pero de nada les sirve, pues cuando ya están cerca y creen tenerlo acorralado se les esfuma como por encanto.
También contaban nuestros antepasados que estas mujeres podían convertirse en chanchas grandes, negras y llenas de lodo.
Apenas veían a la persona “señalada”, aligeraban su trote y comenzaban a gruñir. Embestían furiosamente a la persona y le daban trompadas y mordiscos en las piernas hasta derribarla y hacerle perder el conocimiento. Al día siguiente, la víctima amanecía molida y mordida, y con los bolsillos vacíos.


Delito de Pánico Financiero

El Delito de Pánico Financiero es una violación a la ley que comete la persona en Guatemala que elabore, divulgue o 
reproduzca por cualquier medio o sistema de comunicación, información falsa inexacta que menoscabela confianza 
de los clientes, usuarios, depositantes e inversionistas de una institución supervisada por la 
Superintendencia de Bancos (ABC de educación financiera, s.f.).
Se entenderá que se menoscaba -deteriora- la confianza de los clientes de una institución, cuando como consecuencia de los 
referidos actos, se atente contra la reputación o prestigio financiero de dicha institución o que la misma sea objeto de retiro 
masivo de depósitos o inversiones, mayores o superiores a su flujo normal u ordinario (ABC de educación financiera, s.f.).
El responsable de cometer este delito será sancionado con prisión de uno a tres años y con una multa de cinco mil a cincuenta
 mil quetzales. La pena será mayor -prisión de cinco a diez años inconmutables y con una multa de cien mil a ochocientos mil
 quetzales- si el delito fuere cometido conociendo o previendo los daños o perjuicios a causar a la institución. En este último 
caso no se podrá otorgar cualquiera de las medidas sustitutivas contempladas en el Código Procesal Penal (ABC de educación 
financiera, s.f.).
Las sanciones antes indicadas podrán ser aumentadas en una tercera parte cuando el responsable del delito sea accionista, 
director, administrador, gerente, representante, funcionario o empleado de institución sujeta a supervisión de la Superintendencia 
de Bancos, o autoridad, funcionario o empleado del Banco de Guatemala o de la citada Superintendencia (ABC de educación 
financiera, s.f.).
El Delito de Pánico Financiero quedó establecido en el Código Penal de acuerdo a la reforma al mismo, de acuerdo al 
Decreto 64-2008 (Reforma al Código Penal creando el Delito de Pánico Financiero, 2008).